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Estuve un año sin beber alcohol, pero me equivoqué

Mucha gente me pregunta por qué dejé de beber alcohol. Sobre todo en verano, cuando más fiestas hay y más desentona ir con una botella de agua o una 0,0. Nunca tengo una buena respuesta. Si quisiera ser honesto tendría que avisar a mi interlocutor de que voy a agarrarlo por el cuello y no soltarlo durante al menos dos horas y aun así no le contaría todo ni dejaría claro por qué ya no bebo alcohol.

Por eso voy a dejar esto escrito. En parte, para quien le interese, y en parte, para organizar mis reflexiones después de un año de este experimento personal. Ni siquiera sé cómo empezar ni cómo estructurar este correo o sea que te pido paciencia si parece que me voy por las ramas.

Lo que sí te puedo asegurar es que va a ir para largo.

Todo empezó a finales de 1996, en el hospital de Pam...

Es broma. Todo empezó hace dos o tres años. Por casualidades del algoritmo, y supongo que gracias al inmortal Bryan Johnson, yo había llegado al podcast de Andrew Huberman.

Huberman es un neurocientífico y profesor asociado de la Universidad de Stanford. Está cachas, hace jiu jitsu y hace poco salió un escándalo porque sale con muchas chicas a la vez y les miente —según una investigación periodística de vital relevancia que publicó el New York Magazine—. La cuestión es que Huberman es lo que se conoce como un wellnessbro, un tipo obsesionado con su salud y su longevidad al que los infelices con tapones en las arterias ridiculizan porque, bueno, las cosas que dice se parecen a las chaladuras de Marcos Llorente.

Pero Huberman es un académico, no se pone las gafitas rojas ni te invita a tostarte al sol ignorando el riesgo de cáncer de piel.

Tampoco penséis que me voy a meter en términos científicos. En el podcast que vi sobre el alcohol hubo un par de ideas que se me quedaron grabadas.

1- No es solo la borrachera. Cuando bebes alcohol y "pillas el punto" —te pones como una anguila—, eres consciente del efecto que tiene el alcohol en ti. Luego hablaré más de esos efectos, pero los típicos: tienes la lengua más suelta, menos vergüenza, pierdes coordinación, etc. Esos son los efectos visibles, aquellos en los que nos fijamos todos. Pero luego están otros efectos que pasan desapercibidos. En nuestro día a día las decisiones que tomamos, lo que hacemos y cómo nos sentimos, están en gran medida condicionadas por nuestras hormonas. Por poner un ejemplo típico, se dice que los hombres tomamos decisiones más riesgosas que las mujeres porque tenemos más testosterona. Tampoco soy yo un científico, pero entiendo que es una idea aceptada por la ciencia el hecho de que nuestra situación hormonal afecta a nuestra situación física y mental. Bien, según Huberman —cita algún estudio, pero esta newsletter no va a ir con fuentes porque es una reflexión personal, no un reportaje—, el alcohol desregula nuestro sistema hormonal, y su consumo afecta al estrés y ansiedad no en la borrachera, sino después. La idea que me explotó la cabeza era que, si tomas alcohol todas las semanas, por ejemplo, un miércoles unas cervezas con un amigo, el viernes unas rondas, y el sábado fiesta, puede que ni siquiera te dé tiempo a volver a tu nivel base de estrés y ansiedad. No sé qué os parecerá, pero a mí me pareció una fumada histórica. Pensar que era posible no conocer cómo era yo en un estado base, sin el efecto secundario latente del alcohol, desde luego se me quedó en la cabeza.

2 - Dos copas son consumo inocuo, más no. Me pareció muy curioso que para no sufrir daño por alcohol, máximo se pueden tomar dos copas... A LA SEMANA. Evidentemente no te vas a morir por tomarte algo más, pero me sorprendió mucho el baremo que manejaba para definir lo que es beber mucho, poco, o "un poquito". Tampoco sé por qué me sorprendió; siendo de un pueblo pequeño de Navarra, mi consumo de alcohol ni siquiera entraba en sus tablas.

En esa época yo ya estaba dándole vueltas a lo que bebía. Sobre todo al relacionarme con gente fuera del pueblo empecé a ver que bebía bastante. De hecho, la novia de un amigo me dijo de broma —creo— que era una mala influencia para él y que cuando salía conmigo siempre volvía tarde y piripi. Me sorprendió porque en un pueblo existe esa cultura del alcohol y beber hasta que cierra el bar o no preocuparse por los límites es algo natural en el entorno, pero se convierte en algo llamativo cuando cambias el entorno.

Y así fue haciéndose evidente. Conocí a chicas, a nuevos amigos, colegas o compañeros, que tenían una relación totalmente diferente con el alcohol. Fue como abrir la caja de Pandora. No podía seguir adelante sin enfrentarme al hecho de que bebía más que la gente que estaba conociendo. Te preguntarás cuánto era, pero, ¿qué más da? Para mí era demasiado.

Cada resaca era un recordatorio de que era demasiado. Cada palabra de más dicha a quien no debía era un recordatorio de que era demasiado.

Y entonces tomé la decisión de dejar de beber. Y lo hice, unas cinco veces ese año.

La penúltima vez fue un día en el que dije que iba a dejar de beber, fui con un amigo a desayunar, y el camarero preguntó: ¿para beber? mi amigo dijo: ¿unas birras o qué? y yo dije: OK SOCIO 👍

Después de ese día salí otro día de fiesta y tuve un resacón. El tema de un resacón es que no es como en la peli, donde parece que hay más aventura en la resaca que en la juerga. En la vida real, un resacón de verdad es como estar enfermo.

A esas alturas ya tenía claro que lo quería dejar, al menos temporalmente, pero estaba fallando en la ejecución. Esto parece una tontería y un cliché pero merece la pena hablar del tema. Cuando tú quieres dejar algo y no eres capaz de hacerlo, eres un desgraciado. Porque en tu cerebro ya has dicho que no quieres hacerlo, pero igualmente lo haces, porque no eres capaz de enfrentarte a cualesquiera que sean los mecanismos químicos o psicológicos de tu cabeza. Y eso es humillante. Puede que no ante los demás. El resto no lo ve. Lo hemos normalizado. El fumador que dice que lo va a dejar pero luego pide un cigarro, sus amigos se lo toman a cachondeo pero le quitan importancia porque ellos son los próximos. No hay humillación pública, pero a nivel interno es devastador. Por eso digo que te vuelve desgraciado. Una vez lo intentas, por mucho que luego digas en público que, bah, no merece la pena dejarlo, o que estás bien con ese hábito, en las profundidades de tu espíritu ya has apretado un botón, y vivirás en contradicción hasta que actúes en consecuencia. Te prometiste que lo ibas a dejar y no lo hiciste. Eso rompe la confianza contigo mismo. Si un amigo te dice que te va a ayudar con algo y luego desaparece, no confiarás en él la próxima vez que te lo diga. Lo mismo ocurre con nosotros mismos. Por algún motivo nos enseñaron —o lo intentaron— a cumplir las promesas que hacemos a los demás, pero no a cumplir las promesas que nos hacemos a nosotros mismos. Esas contradicciones son gasolina para problemas de confianza, autopercepción y seguridad en uno mismo.

Por eso, más allá de teorizar y hablar de los efectos del alcohol, es importante hablar de la ejecución. Lo primero: mentir está permitido. En mi caso, decidí preparar una mentira piadosa, para tener respuesta siempre que alguien me animara a beber alcohol —porque esto va a pasar—. Mi historia fue que me habían dado un tratamiento para el acné con antibióticos y no podía beber durante un mes. Si alguien me decía de ir a una cervecería yo decía, crack, los antibióticos. Y ya.

No había antibióticos. Tampoco es que hubiera mucho acné, pero era una mentira fácil. Una frase ensayada que podía repetir en cualquier momento.

Algunos se ponen muy exquisitos con la ejecución. Pretenden que vas a poder dejar un mal hábito de un día para otro con solo "manifestarlo". Recuerdo que uno me dijo hace diez años que él si quisiera dejar de fumar porros nunca dejaría de salir con los mismos amigos, porque los amigos son lo primero. Hoy sigue fumando porros.

Mi propuesta es otra: si se trata de tu salud, toma la medida que sea necesaria. Si tienes que decir una mentira para dejar de beber, bienvenida sea esa mentira. Si tienes que dejar de salir con unos amigos porque consumen otras sustancias innombrables, deja de salir con ellos, y si son verdaderamente amigos, podrás quedar con ellos igualmente para tomar un café, jugar un partido de lo que sea, o ayudar en una mudanza, pero NUNCA en un entorno y momento en el que se dé el consumo. Dejar vicios es muy difícil y hay que tener mucha empatía, pero no se pueden ignorar las imbecilidades que rodean estos temas.

Una mentira o una frase preparada (puede ser verdadera), es clave para dejar el alcohol o cualquier sustancia, porque vas a enfrentarte constantemente a invitaciones para volver a consumir. Si no tienes claro qué responder, puedes decir que sí por simple inercia. Porque no se te ocurre una excusa. O porque tu motivo no es lo suficientemente fuerte. O porque dudas. Da igual. Es lo que me pasó a mí en el ejemplo que te he contado al inicio. Parece estúpido, pero esos detalles marcan la diferencia en los primeros días o semanas. Luego, ya, te puedes relajar y decir cualquier cosa. O no decir nada. Un mes sin beber te da la suficiente inercia como para no necesitar ninguna excusa.

Ahora hablaré sobre cómo fue el proceso mes a mes, pero primero me gustaría hablar sobre la presión social. Muchos que se embarcan en la aventura de dejar de beber, o aquellos extraños seres que desde siempre se han resistido a beber, se quejan a menudo de la presión social como una piedra en su camino a la sobriedad.

Me gustaría decir, no por llevar la contraria, que no es esa la experiencia que yo he tenido. Con una mentira como la de los antibióticos muchos dejan de insistir. Pero a otros ni siquiera les tuve que mentir. Simplemente les dije que ya no bebía, y no insistieron. Un compañero de juerga con el que antaño forjé leyendas me invitó a cenar a su casa para hablar del tema y también estuvo un mes sin beber. Le había inspirado. Me dio pena cuando vi a otros amigos cachondearse cuando volvió a beber. Los quiero mucho pero el entorno a veces puede generar obstáculos.

Solo un amigo insistió que bebiera, incluso meses después de saber que había dejado de beber. Y lo hizo varias veces. Al principio me mosqueé. Me planteé que era un egoísta y un mal amigo. Pero luego hice algo de autocrítica. Lo primero, él no sabía todo lo que pasaba por mi cabeza. Por lo que a él respectaba podía ser una de mis tantas taradas temporales. Y lo segundo: yo mismo había creado una relación en la que quedábamos para beber y salir de fiesta. Bebíamos juntos y salíamos de fiesta juntos y de repente de un día para otro yo ni bebía ni salía de fiesta. Las decisiones que tomas tú no solo te afectan a ti. No justifico ciertos comportamientos, solo digo que puedo entender que un amigo le diga a su compañero de batallas que vuelva al campo una vez más. Puede que haya cierta inmadurez, pero no maldad.

Por mi experiencia creo que la presión social no debe ser un impedimento en el proceso, ni mucho menos una excusa para posicionarnos como víctimas en este asunto. No es para tanto. De hecho, solo los más cercanos, aquellos con los que vas a pedir la ronda, se van a dar cuenta de que no estás bebiendo. El resto, si no les dices nada, no se van a enterar. Casi nadie se fija en que estás bebiendo una 0,0 o una botella de agua. Y después de un tiempo, cuando alguien te pregunte por el alcohol lo hará con curiosidad genuina. Al principio puede que no. Al principio puede que alguno te pregunte con una mezcla de malicia genuina. A fin de cuentas, estás dejando de hacer algo que todo el mundo hace, ¿por qué? ¿acaso te crees mejor?

Es triste que algunos puedan llegar a pensar eso, porque cuando alguien deja de beber, normalmente suele ser más por los demonios que tiene dentro que por los que pululan por el exterior.

Pero voy a continuar con mi proceso.

Junto con mi plan para evitar el alcohol, se me ocurrió hacer lo que en internet se llama 75 hard, un reto para fantasmas con un montón de tonterías que no voy a citar ahora. Yo lo hice a mi manera. 75 días y tres reglas. No beber, leer todos los días y hacer ejercicio todos los días.

Tenía un cuaderno en el que a diario ponía las tres condiciones. Cuando me despertaba por la mañana, ponía una X en cada condición si la había cumplido el día anterior, y escribía las del día venidero. Así llegué a los 75 días sin fallar.

Después de esos dos meses sin beber descubrí dos cosas: que necesitaba más tiempo sin beber, y que muchas cosas que había visto en internet eran mentira. Ah, y que de repente se volvía muy fácil.

Las primeras semanas saqué algunas excusas para no ir a bares. Si quedaba con un amigo intentaba quedar en una cafetería, o si iba a potear lo hacía por las mañanas cuando más relajado estaba el ambiente. Si salía a cenar podía echar en falta un vino con la chuleta, pero podía acostumbrarme. Para el día treinta la cosa iba haciéndose más fácil.

Al dejar de beber de repente tenía mucho más tiempo y el sexo era mejor —esa clase de ciencia no la daré aquí—. Pero notaba que me faltaba algo. Es decir, había visto un montón de vídeos de frikis que habían dejado de beber y que trataban de convencerme de que sus vidas habían mejorado muchísimo y básicamente se habían convertido en Terminators y... Bueno, yo llevaba 75 días sin beber y seguía siendo el mismo. Mi novia estaba muy contenta y yo estaba feliz sin resacas y con tiempo para empezar un nuevo hobby como los Warhammers y leer más libros. Pero tenía la sensación de que no era para tanto.

También tenía la sensación de que dejar de beber se estaba convirtiendo en una especie de aventura en la que poco a poco aparecían misiones secundarias. Ir a una cena sin beber era una experiencia nueva. También lo era ir a un evento y hacer el networking —o el beerworking, como se le suele llamar— sobrio, y relacionarme con desconocidos sin el empujón del alcohol.

Aunque parezca un cambio de giro, después de empezar a contaros esta historia como si fuera un drama, cuando decidí que estaría seis meses sin beber lo hice porque me pareció divertido.

No te preocupes porque ahora vuelve el drama.

Cuando te planteas dejar de beber lo normal es que primero hagas un buen repaso de tu vida. Sobre todo de tu adolescencia. ¿Por qué empezaste a beber? Porque molaba, bueno y era de adultos, y lo que tocaba, ok. Eso no es importante. ¿Pero por qué te gustaba beber? Esa ya es una pregunta mejor. ¿En qué momento empezaste a beber más? ¿En qué momento empezaste a engancharte?

En mi caso, y por hacer un relato sincero, siempre fui bastante tímido. Tuve mis épocas mejores y peores. Supongo que en el instituto me sentí muy encerrado en mí mismo y poco a poco aprendí a socializar y relacionarme con la ayuda del alcohol. Es así de simple y así de ridículo. Y lo peor es que estoy convencido de que unos cuantos lectores se van a sentir identificados.

Cuando salía de fiesta por fin perdía la timidez, disfrutaba, hablaba con la gente, ligaba —o lo intentaba 😂— y descubría de repente un nuevo yo que parecía mejor que el auténtico yo.

Con el tiempo la timidez del instituto se fue pasando. No me convertí en un tío extrovertido de la noche a la mañana, pero aprendí más o menos a gestionarlo y a vivir con ello.

Pero a mis veintilargos descubrí que esa herencia seguía más presente de lo que me imaginaba. A veces salía y, cuando había mucha gente a mi alrededor, sentía ansiedad hasta que ponía una cerveza en mi mano. Ahí ya podía relajarme, porque después de unos tragos ya estaría del todo liberado. No me gustaba ir a lugares donde hubiera mucha gente; al principio era un choque, apretaba la mandíbula, me cruzaba de brazos y me costaba concentrarme en lo que decía la gente —en serio, a veces pensaba que me quedaba sordo—. Pero todo se solucionaba con el primer trago.

Efecto extraño aquel. Algunos dirán que eso es fobia social, y sucumbirán a la conformidad que te da una etiqueta. Otros dirán que es la propia adicción al alcohol la que genera esa ansiedad, como la ansiedad que genera un cigarrillo justo cuando desciende el avión, pero no mientras dura el vuelo porque tu cerebro sabe que aún no puedes fumar.

La cuestión es que ahí estaba el verdadero elefante en la habitación. El alcohol no era un simple vicio descontrolado de mi vida, sino la máscara de un problema que me acosaba desde que me salió un incipiente bigote en la escuela secundaria.

Y la sobriedad no terminó con el problema. Solo dio comienzo a una segunda fase del mismo. Una en la que, ya era hora, tocaba enfrentar a los demonios.

Por eso cuando llegué a los seis meses de sobriedad decidí que quería estar otros seis más. Porque no resuelves un galimatías semejante en seis meses. Y, si os soy sincero, tampoco en un año.

Los youtubers de la sobriedad mienten. Hablan de claridad mental, de productividad, de felicidad, y mil chorradas más. Aspectos de tu cerebro que dependen de decenas de factores más allá de si consumes o no alcohol. La sobriedad no soluciona nada. La sobriedad es pillar el dorsal de una carrera. Es apuntarte a un torneo. La partida empieza después y no tiene nada que ver con la bebida.

Un amigo, con intención de animarme en mi objetivo de no beber, me comentó que cuando él no bebía se lo pasaba bien igualmente. Que está bien. Que incluso se puede salir de fiesta y desinhibirse y hacer locuras sin alcohol. Que él lo había hecho.

Sus palabras me animaron, pero no por lo que él creía. Porque yo no podía hacer eso que él decía. No podía "desinhibirme y hacer locuras" sin alcohol. Pero descubrí que tampoco quería hacerlo. Y mucho menos quería beber alcohol para poder hacerlo. De repente me pareció patético beber para hacer algo. Si quería hacer algo, tendría que ser capaz de hacerlo sin beber. Y si no podía hacerlo, prefería que me llamaran aburrido.

Curiosamente, después de un año sin beber no echo de menos esa desinhibición. La repudio, más bien.

Algunos me preguntan: ¿y qué bebes cuando sales de fiesta?

No salgo de fiesta.

El concepto de salir de fiesta consiste en encerrarte en un bar o una discoteca con las luces apagadas, con música para bailar perreando y gente borracha. Solo se me ocurren tres razones para que alguien haga eso:

  • Está soltero y quiere ligar
  • Consume drogas y quiere consumir
  • Quiere emborracharse (una extensión de la anterior)

No existe tal cosa como salir de fiesta para divertirse, porque la fiesta es un entorno cuidadosamente diseñado para los tres puntos anteriores. Si quieres divertirte con tus amigos puedes ir a jugar al pádel. Si vas a un bar a las tres de la mañana vas a lo que vas. Hay que ser necio para no verlo.

En las fiestas del pueblo de este año hice mi récord —desde que no bebo— y estuve hasta las 2. Me lo pasé bien sin beber. A partir de cierta hora bebía gintónic con ginebra 0,0 (sí, existe y está bien). Era uno más. Nadie hacía ninguna pregunta.

Estuve con uno, con otro, viendo cómo mis amigos iban poco a poco desvariando, y cuando llegó la hora de entrar a bares se acabó para mí. Hice un intento, pero no. No había forma de aguantar el estar apretujado con borrachos en un bar oscuro estando sobrio. Es ridículo. Hay cosas que no harías si no estuvieras alcoholizado.

Por eso creo que no hay que preocuparse demasiado de cómo será tu vida sin alcohol. Algunos se preguntan si se lo pasarán bien haciendo determinada cosa, pero puede que cuando no beban simplemente descubran que ya no quieren hacer esa cosa. Viejas actividades desaparecen y aparecen otras nuevas. Hobbies, deportes, nuevas formas de relacionarse. Las cosas cambian. Tu vida y tu forma de relacionarte no tiene porque basarse en lo mismo durante toda tu vida. Hay quien se aferra a un estilo de vida como si fuera un dogma. "Salir los viernes a potear es la verdadera vida". Una vez le conté a un amigo que ayunaba hasta el almuerzo y me dijo "pero si desayunar es la verdadera vida". Hay mil formas de vivir y tratamos de pensar que la nuestra es la mejor por una suerte de sesgo de coste hundido. He hecho esto siempre, no me jodas ahora con que estaba equivocado.

Algunos piensan que sin alcohol se pierde intensidad. Yo recuerdo que cuando todavía no había dejado de beber, pero ya estaba analizando mi relación con el alcohol, me fijé en que había días en los que estaba más pendiente de pedir otra ronda que de lo que estaba diciendo un amigo. Eso me dio mal rollo. También me fijé en que después de un trago era muy difícil parar, y por lo tanto estábamos hasta tarde y hablábamos mucho y sin parar, pero, ¿hasta que punto estábamos hasta tarde por la conversación, y no por beber una más?

Ahora que no bebo tengo la respuesta, y acojona un poco.

Pequeño recordatorio de que esta es una reflexión personal, en ningún caso dirigida a nadie con problemas de alcoholismo; en ese caso se debería buscar ayuda profesional.

Pero volviendo al tema, el alcohol no hace la vida más intensa. La diluye. Lo importante pasa a segundo plano, y pone una capa de vicio y complacencia por encima. Es un sedante.

Prefiero hablar una hora con un amigo y prestar atención a lo que dice que hablar borracho hasta que cierren los bares. Por no decir que los borrachos no paran de mentir. Hay una frase hecha que dice que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Yo me pregunto: ¿el que dijo esa frase ha conocido alguna vez a un borracho? El nivel de mentiras que me he comido de borrachos, y las mentiras que he dicho yo estando borracho...

Puede que sea una de las partes más feas del alcohol. Algunos piensan que como el alcohol te desinhibe libera a tu verdadero yo, pero lo que libera son tus complejos, traumas y deseos, y estos mienten y manipulan para conseguir lo que quieren.

Si los borrachos siempre dijeran la verdad, ¿cómo coño íbamos a ligar, Einstein?

De todas formas, me estoy desviando un poco. La idea principal es que al dejar el alcohol puedes ver a muchos influencers que te dicen que te va a cambiar la vida, pero no es así. Es una equivocación. Dejar el alcohol te permite dar ese paso y enfrentarte a tus demonios. Porque eso es lo que va a pasar cuando lo hagas. Si bebes para tener un extra de confianza en una situación social, tendrás que enfrentarte a esas situaciones sin beber y tendrás la oportunidad de desarrollar una confianza auténtica, que dependa de ti y no de un agente externo. Si bebes para dejar de pensar en heridas del pasado, tendrás la oportunidad de enfrentarte por fin a ellas. Muchos beben para retrasar un enfrentamiento. Bajo los efectos del alcohol puedes aplazar un problema, pero nunca superarlo. Y la sobriedad no lo supera. Eso es lo que no se explica bien. La sobriedad es el estado óptimo para enfrentarte a todo; una batalla ganada, no la guerra. Como un luchador que supera la báscula el día antes de la pelea. Aún le queda liarse a piñas para llevarse la bolsa.

Por eso creo que no puedo decir si dejar de beber fue fácil o difícil, porque para mí fue inevitable. Una vez abierta la caja de Pandora ya no podía mirar a otro lado. Demasiadas cosas que solucionar. O cosas en las que trabajar, si es que no tienen solución.

La motivación para dejar de beber tiene que venir de dentro y cada uno tiene que encontrar los demonios que lo acechan y para eso hay que mirar.

Desde luego no se deja de beber como una dieta milagro. No se deja de beber porque el alcohol tiene muchas calorias o porque has visto un podcast de Andrew Huberman y quieres mejorar tus niveles de concentración.

Por cierto, cuando dejé de beber descubrí mi pasión por los postres. Antes nunca comía. ¿Por qué iba a querer un postre cuando puedo tomarme un gintonic y fumarme un cigarro? —sí, durante una época también fumé—.

Ahora que no bebo las torrijas de las cartas me sonríen. No dejes de beber si queréis perder unos kilos porque "el alcohol es como el azúcar". No funciona así. Es una trampa.

Y ya estaría.

Me falta por decir que después de un año no he encontrado alternativa real a la cerveza. A veces me tomo una 0,0 pero a veces no, y prefiero ir directo a por una botella de agua. Y a veces, un día especial, puede caer ginebra 0,0, pero tampoco es lo habitual. Muchos me preguntan estas cosas pero la realidad es que no existe una alternativa al alcohol.

Desde aquí animo a todos a hacer el experimento de dejar de beber. Después de un año tengo claro que quiero seguir con ello. No sé si será algo para toda la vida o no, pero desde luego que ha sido la decisión más satisfactoria que he tomado en el último año.

Un saludo

LD